Oversharing y adolescentes, una combinación explosiva | Familia Segura

Podríamos traducir “oversharing” como “sobreexposición” aunque la definición más correcta sería “publicación desmesurada de contenidos en redes sociales”. Se acuñó para definir la actitud de esos padres y madres que suben fotos de sus hijos hasta la exageración. Pero el concepto pronto se amplió para incluir a los adolescentes que publican su vida entera en las redes sociales, representando un peligro muy grave para su privacidad y seguridad.

El oversharing comienza cuando los padres empiezan a compartir en las redes sociales y a través de WhatsApp las ecografías del bebé que viene de camino”, explica Mar Monsoriu, periodista especializada en comunicación científico-técnica, profesora de redes sociales y autora de diversos libros sobre el tema. “A partir del nacimiento inundan la red con fotos de sus hijos, sin tener en cuenta que les están construyendo una identidad digital que, pasados los años, podría perjudicarles o incomodarles”, explica.

Monsoriu añade una razón más cruda para no publicar fotos de nuestros bebés: “Esas imágenes de caras dulces y sonrientes de niños occidentales son usadas por las redes de pornografía infantil”. Algo que la periodista califica “de pesadilla”.

El oversharing que hacen los padres con sus hijos trasgrede sus derechos al honor, la propia imagen y a la intimidad personal y familiar e incluso se ha demostrado que “puede perturbar su correcto desarrollo físico, mental y moral, además de empañar su derecho al libre desarrollo de su personalidad y estima social”. Según el artículo 156.4 del Código Civil, si alguien lo considerase oportuno podría denunciar a la fiscalía casos de sobreexposición de menores en las redes sociales, aunque fuesen los padres los responsables de esta sobreexposición.

En 2014, una investigación del prestigioso Centennial College de Toronto abrió un nuevo frente del problema del oversharing: su investigación se centraba en el fenómeno de los selfies en Instagram, Twitter y Vine. Se descubrió que había una auténtica obsesión entre los jóvenes de 13 a 18 años por hacerse selfies y colgarlos en las redes sociales, en las posturas y vestuarios más sexy que fuese posible.

Los investigadores los bautizaron #Instafamers, adolescentes que “pasan” de las lecciones más básicas de privacidad para mostrarse en poses provocativas que pueden reportarles miles e incluso millones de seguidores, comentarios y likes.

Según Monsoriu, “cada vez son más los casos de menores que necesitan ser tratados en las Unidades de Conductas Adictivas de la Sanidad Pública de toda España. Son chicos y chicas que tienen enormes problemas de adicción a las redes sociales, generalmente relacionados con un narcisismo descontrolado y con la incapacidad de permanecer desconectados”.

No olvidemos los daños colaterales

Según una encuesta realizada por Opinion Matters para Kaspersky Lab entre más de 1.000 niños europeos (incluyendo España) de entre diez y quince años, los menores encuestados son conscientes de que sus actividades online pueden causar preocupación entre los compañeros; más de un tercio (36%) admite que se han arrepentido de publicar algo en la red que ha afectado negativamente a un amigo.

En su búsqueda de la aprobación social, la línea que separa lo que es adecuado compartir y lo que debe quedarse en el ámbito privado parece haber desaparecido. No debemos olvidar que es importante protegernos nosotros mismos, pero también proteger la privacidad de los demás en las RRSS. El último estudio de Kaspersky Lab sobre la seguridad y comportamientos en redes sociales, realizado a finales de 2016, muestra que el 58% de las personas se sienten molestas e incómodas cuando sus amigos suben fotos donde ellos aparecen y que no quieren que se hagan públicas.

Resumiendo, las personas deben ser conscientes sobre qué tipo de información compartimos, sobre quién la compartimos, cómo lo hacemos y quién tiene acceso a ella.

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